Los bosques de Bahoruco y el crimen organizado: una deuda pendiente con nuestra tierra

Deforestación, carbón ilegal y redes criminales en la frontera dominico-haitiana

 


Por: Quilvio C. Fernández  |  15 abril 2026

 

 

Cada semana, más de cien toneladas de carbón vegetal producido con madera dominicana cruzan ilegalmente hacia Haití. No es un problema de pobres que buscan sobrevivir. Es crimen organizado que destruye nuestras cuencas hidrográficas y nadie parece querer llamarlo por su nombre.

 

Llevo tiempo pensando en cómo escribir este artículo sin sonar alarmista, pero honestamente no creo que haya forma de suavizarlo: los bosques de la Sierra de Bahoruco, del Lago Enriquillo y de la zona fronteriza sur de la República Dominicana están siendo devorados de forma sistemática, organizada y con la complicidad de gente que debería protegerlos.

No hablo de campesinos pobres que cortan un árbol para hacer carbón y cocinar. Hablo de redes estructuradas, con roles definidos, con hornos clandestinos construidos en zonas de difícil acceso, con rutas de transporte establecidas y con mercado de destino garantizado al otro lado de la frontera.

El número que nadie quiere discutir

Un estudio citado por el New York Times y confirmado por investigadores dominicanos establece que se mueven aproximadamente 115 toneladas semanales de carbón ilegal desde República Dominicana hacia Haití. Para que tengamos dimensión: eso son más de seis mil toneladas al año. Y eso son estimados conservadores.

¿Por qué Haití necesita tanto carbón de nuestros bosques? Porque Haití ya no tiene bosques propios. Según la Universidad de Oregón, la cubierta forestal primaria haitiana está por debajo del 0.32% de su territorio. En 1988 era del 4.4%. El país ha destruido prácticamente todo lo que tenía, y ahora viene a buscar lo nuestro.

El 86% del carbón vegetal que se consume en Haití proviene de República Dominicana, legal e ilegalmente. Y mientras del lado dominicano nos preocupamos de vez en cuando, del lado haitiano el carbón representa el 5% del PIB del país. Es un negocio enorme. Y los negocios enormes generan estructuras criminales para protegerlos.

Esto no es pobreza. Es crimen organizado.

Quiero ser claro en algo porque es un punto que se confunde mucho en el debate público dominicano: el problema no son los haitianos pobres que cruzan a buscar madera para sobrevivir. Eso existe, pero no es lo que está destruyendo la Sierra de Bahoruco.

Lo que está destruyendo nuestros bosques es algo diferente: grupos organizados que cruzan desde comunidades específicas del lado haitiano, identifican los árboles de mayor valor — campeche, bayahonda, pino — construyen hornos artesanales ocultos entre la vegetación, producen el carbón y lo transportan en burros y en camiones hacia Haití. Todo eso requiere coordinación, financiamiento, logística y protección.

El investigador Manuel Cruz Estévez de la fundación Wildlife Without Borders documentó grupos que cruzaban desde Fort-Liberté, Ferrie y Limonade hacia territorio dominicano para cortar madera. No espontáneamente. Con organización.

Y aquí viene la parte más incómoda: un reportaje de Diario Libre documentó cómo el Ministerio de Medio Ambiente dominicano emitió permisos de explotación forestal que autorizaron la tala de 124,649 árboles a un solo propietario. Legalidad de papel para cubrir actividad criminal. Cuando la ilegalidad consigue permisos oficiales, ya no estamos hablando de contrabando artesanal. Estamos hablando de corrupción institucional al servicio del crimen organizado.

Lo que esto tiene que ver con la seguridad nacional

Cuando una cuenca hidrográfica fronteriza se deforesta, no solo pierdes los árboles. Pierdes el agua. Y cuando pierdes el agua en las provincias de Barahona, Independencia y Pedernales, no es un problema ambiental abstracto — es una amenaza directa a las comunidades que viven de esa agua.

Los ríos de la zona fronteriza sur alimentan sistemas de riego que sostienen agricultura dominicana. La presa de Sabaneta, el río Yaque del Sur en sus afluentes altos — todo eso depende de la cobertura boscosa de las montañas que estamos viendo desaparecer.

Eso convierte la deforestación criminal en un asunto de seguridad nacional, no solo de medio ambiente. Y cuando la tala ilegal la ejecutan redes organizadas con base de operaciones en Haití — las mismas redes que participan en tráfico de personas y lavado de activos — el problema se multiplica.

Una propuesta concreta

Desde Funbehique hemos estado trabajando en una iniciativa legislativa que propone, entre otras cosas, que cuando el Estado dominicano decomise bienes de redes criminales transfronterizas — incluyendo las que operan el tráfico de carbón ilegal — parte de esos recursos se destine obligatoriamente a la reforestación de las cuencas fronterizas afectadas.

La lógica es simple: el crimen destruye nuestros bosques y genera ganancias. Cuando capturamos esas ganancias, una parte debe volver a reparar lo que destruyeron. No es un principio complicado — es justicia básica.

Los bosques de Bahoruco no son solo árboles. Son agua, son biodiversidad, son comunidades enteras que dependen de ese ecosistema. Perderlos no es una fatalidad inevitable. Es una decisión que estamos tomando — o dejando de tomar — cada día que pasa sin actuar.

 

 

 

Quilvio C. Fernández es presidente de la Fundación Funbehique, organización social y cultural dominicana.

Contacto: contacto@funbehiquerd.org  |  www.funbehiquerd.org

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